Si queremos entender el drama que se desarrolló en España entre octubre de 1807 y mayo de 1808 (la Conspiración de El Escorial, la caída de Godoy, la renuncia de Carlos IV, el 2 de mayo, las abdicaciones de Bayona y el inicio de la Guerra de la Independencia) es necesario fijarse en el problema de carácter personal que tenía Godoy.
Ese problema personal, que está en el origen de todo, no era otro que el deseo de Godoy de asegurarse un futuro tras la muerte de Carlos IV.
Situémonos a principios de 1804. Godoy había estado ejerciendo como protegido y valido de Carlos IV prácticamente desde el ascenso al trono de éste. Y a lo largo de aquellos dieciséis años, Godoy había amasado (con la anuencia de Carlos IV) una enorme fortuna, mientras España se sumía en la ruina. El odio a Godoy era general en todas partes de España y en todas las capas de la población.
En un par de ocasiones, Carlos IV había estado al borde de la muerte. Y aquello planteaba a Godoy un problema: ¿qué hacer cuando el rey muriera? ¿Cómo evitar que alguien le pidiera cuentas por su actuación al frente del gobierno?
La situación se había agravado a partir de la boda, en 1802, del príncipe heredero Fernando con su prima María Antonia de Nápoles. La enemistad declarada entre María Antonia y María Luisa (la madre del príncipe Fernando), las maniobras de Godoy para aislar en la corte al príncipe Fernando y su mujer, la profunda orientación antifrancesa de María Antonia… todo se conjugó para trazar una raya divisoria, a un lado de la cual quedaron Carlos IV, su mujer y Godoy, mientras que al otro quedaban el príncipe heredero y su esposa.
Godoy sabía que cuando Fernando accediera al trono, él estaría acabado. Nada le libraría de tener que dar cuentas de sus delitos. Y el destino que le esperaba era la cárcel o la horca.
Una posible salida era conseguir que Napoleón le nombrara rey de algún trozo de Portugal, aprovechando el interés que el emperador francés tenía en conquistar nuestro país vecino, aliado de los ingleses. La otra posibilidad era tratar de impedir el ascenso al trono de Fernando, enemigo declarado suyo.
Y a perseguir en paralelo ambas posible soluciones se dedicó Godoy en cuerpo y alma en los años siguientes.
Para tratar de llegar a un acuerdo con Napoleón, envió a París a su espía y hombre de confianza, Eugenio Izquierdo. Las negociaciones entre Godoy y Napoleón terminarían desembocando, tres años después, en el Tratado de Fontainebleau.
En cuanto a la segunda de las posibilidades, la de apartar a Fernando de la sucesión a la corona, la tardanza de Napoleón en aceptar un acuerdo terminaría empujando a Godoy a organizar un montaje contra el príncipe heredero: la famosa Conspiración de El Escorial (que no fue ninguna conspiración de Fernando contra su padre, sino de Godoy contra Fernando, como se cuenta en Yo, el Difamado).

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